viernes, 10 de julio de 2009

la carretera de la santa muerte


Reynosa, Tamaulipas.- Aquí, donde suelen matar a alguien a diario, casi no hay muertos. Una de las regiones más violentas del país tiene consagrada la palabra muerte para cuestiones espirituales. Se habla de acribillados, encajuelados, encobijados, rafagueados, entambados y sobre todo de ejecutados, pero no de muertos. El verbo matar casi nunca se conjuga: más bien se usan y se practican sus sinónimos.

La muerte es santa. Esta palabra está reservada para un culto que crece conforme se vuelven cruentos los resultados de la guerra emprendida por el gobierno federal contra Los Zetas, una de las bandas del crimen organizado que opera en esta franja que acompaña al caudal del Río Bravo.

Reynosa, Díaz Ordaz, Camargo, Ciudad Miguel Alemán, Guardados de Abajo, Nuevo Laredo… todos los caminos pasan por la mirada de la santísima en esta frontera de México con Estados Unidos. MILENIO recorrió la carretera que los une: La Ribereña, donde la imagen de la muerte tiene altares, tatuajes, capillas, tiendas, talleres artesanales y camposantos en su honor, los cuales proliferan conforme aumenta la intensidad de la llamada “guerra contra el narco” emprendida por el actual gobierno federal.

A la orilla de los casi 200 kilómetros de trayecto arden veladoras que rinden culto a la Santa Muerte.

Entrada a Reynosa
Dentro de este altar hay un reclinatorio y siete figuras de la Santa Muerte no mayores de 80 centímetros, colocadas en un pequeño pedestal detrás de un enrejado negro. A los lados flanquean hileras atiborradas de veladoras, algunas de las cuales están a punto de extinguirse y otras que seguramente acaban de ser encendidas. La construcción instalada en el centro de la carretera luce reluciente pintada de un color amarillo chillante, imposible de no percibir cuando se conduce por este paisaje adusto, característico del noreste del país.

Mobile Vacis, un aparato de peculiar aspecto que parece una grúa atravesando con su gancho la carretera, se alcanza a ver desde aquí. Este armatoste es en realidad un moderno equipo que hace seis meses fue enviado de la Ciudad de México para facilitar la detección de droga, armas y personas ocultas en vehículos recién llegados a esta ciudad. Pero en todo este tiempo Mobile Vacis no ha detectado nada ilícito. Absolutamente nada.

La ofrenda a la Santa Muerte y el Mobile Vacis son dos extravagancias que conviven con toda normalidad en la entrada de Reynosa.

Centro de Reynosa

Un disc jockey que suele vestirse con ropa color morada pone a decenas de jóvenes a bailar hip hop y regaetón las noches de los fines de semana en el Diez-Cuarenta, un antro del centro de Reynosa. Al recién llegado a la ciudad se le recomienda que no vaya a esta bullanguera área donde la oscuridad ayuda a que las riñas sean tan habituales como los tatuajes de la Santa Muerte en los torsos, en la cadera o en los brazos de los devotos de la imagen…

Hace unos días murió un soldado durante un enfrentamiento con el narco y la rutinaria fiesta fue suspendida este viernes en el Diez -Cuarenta.

En esta ciudad de más de un millón de habitantes y de calles estropeadas por baches desatendidos por el gobierno municipal del PRI, no hubo una sola persona que marchara contra la inseguridad, como en otras ciudades del resto del país. Por el contrario, aquí las últimas manifestaciones que ha habido han sido contra la presencia de las fuerzas federales. Durante los últimos meses en tres ocasiones, meseros, taxistas, obreros y ciudadanos en general fueron convocados a manifestarse por una organización local de derechos humanos.

Reynosa es México, pero en algunas coyunturas como ésta, es muy otra. La decena de entrevistas a medios electrónicos que concedió el presidente Felipe Calderón por su segundo Informe, pasaron a segundo plano ante las mantas colocadas por narcotraficantes contra su gobierno en los puentes de las avenidas principales de esta ciudad. Y aquí no sólo hubo mantas, también hubo grafiti y centenares de pegotes adheridos con engrudo a las paredes.

Si esto último también hubiera trascendido más allá de Reynosa, ya hubiéramos agregado al nuevo vocabulario nacional, además de la palabra de moda narcomanta, otros términos aún más novedosos como narcografiti y narcopegotes.

Kilómetro 7

Dejando atrás la ciudad de Reynosa el aire se llena de repente con el olor denso de arracheras al cabrón y chiles serranos tostándose en las brasas.

La Bola es como le llaman a este altar blanco con trazos color rosa, donde hay varias velas negras encendidas y figuras minúsculas de la Santa Muerte.

— Cada quien su creencia. Yo la veo como si fuera una piedra. Desde que la pusieron (a la Santa Muerte) empezaron a venir aquí también los demonios, ahí se juntan —cuenta Pedro, un afilador de machetes que vive a un lado del altar construido a la altura del kilómetro 7 de La Ribereña.

— ¿Demonios?, ¿cómo es que empezaron a venir esos demonios? —se le pregunta.

— Sí, sí. Ahí andan. Antes venían por las noches y aventaban piedras… piedritas… al techo de la casa. Pero ya no.

—¿Qué pasó?, ¿por qué ya no vienen?

—Porque aquí ya nos pusimos a estudiar.

—¿Qué estudiaron?

—Ahora estudiamos con los Testigos de Jehová.

Una mañana, Pedro y su familia despertaron oyendo cómo descargaban herramientas y material de concreto de un camión estacionado a unos cuantos metros de su casa, construida precariamente a un lado de la carretera, cerca de un balneario público conocido como La Playita.

Un par de albañiles se pusieron a edificar el altar pero no dijeron que era para la santísima. Pedro dice que ni se lo imaginaba. Acabando la construcción comenzó el miedo entre la familia de Pedro durante varias noches de zozobra, que acabaron, dice, gracias a que empezó a estudiar con los Testigos de Jehová.

Los demonios se siguen reuniendo ahí, pero ya no se meten con nosotros porque Dios nos está cuidando.

Kilómetro 14

Santiago Velázquez era velador en un parque de los alrededores hasta que hace cuatro años se le apareció a la medianoche la Santa Muerte y le pidió que le hiciera un altar. Unos cuantos días después Santiago empezó a construírselo en el kilómetro 14 de La Ribereña, justo a un lado de un altar a la virgen del Murillo y de un oso polar que con sus cinco metros de altura anuncia la entrada a un parque de diversiones.

Hoy el altar se convirtió en un pequeño santuario, donde hay decenas de nichos con la imagen de la figura, y a donde vienen todo el día creyentes como Angélica López, quien después de dejar una veladora, se detiene a platicar.

—Le pedí algo a la Santa Muerte y me lo concedió. Ahora vengo cada viernes a dejarle encendida una veladora —cuenta.

—¿Es usted católica?

—Sí, pero yo realmente no practico el catolicismo. Viene de los padres pero no lo practico.

—¿Y por qué empezó a creer en la Santa Muerte?

—Yo le había pedido el mismo favor a San Judas Tadeo y a la virgen de Guadalupe, pero no me ayudaron. Una amiga me dijo que se lo pidiera a la Santa Muerte, y sí me ayudó.

—¿Qué fue lo que le pidió?

—No quisiera decirle. Así mejor, gracias.

La vela que dejó Angélica en la capilla es de color negro. Según los creyentes de la Santa Muerte cada color de las velas tiene un significado distinto. La blanca es para la salud, la amarilla para el dinero... y así. En el caso de la negra, ésta es la que ayuda para “las cosas difíciles”. La negra es la vela más solicitada.

Uno de los nichos construidos en la zona es de un curandero húngaro que vive en Matamoros y otro “es de una señora de Ciudad Miguel Alemán que construyó el altar más grande y que siempre le deja Buchanans y buenas cosas a la santa”.

La presencia de reporteros no sobresalta demasiado a las personas que están en el pequeño santuario. “Los que vienen con mal contra ella, mal se llevan”, explica confiada una de las mujeres que cuida de vez en cuando los altares que hay aquí. Lo dice sin que sus palabras suenen a amenaza. Luego platica que hace tiempo vino una mujer borracha durante la madrugada y comenzó a gritarle insultos a la Santa Muerte. “Y lo que le pasó fue que a la siguiente semana apareció muerta”.

Kilómetro 44

Cuando la carretera de La Ribereña cruza Valadeces, un pueblo que pertenece al municipio de Díaz Ordaz, es imposible no voltear a ver las figuras tamaño natural de la Santa Muerte que crea Margarita Elizondo Gutiérrez, una artesana de 49 años.

Hace 3 años esta mujer divorciada aprendió a hacer sola las figuras de cemento y varilla de dos metros de altura y 800 kilogramos de peso, las cuales vende en 2 mil 500 pesos. “Pero ahorita está muy floja la venta”, se queja. “Lo que sí se está vendiendo mucho son los Pancho Villa”. El revolucionario comparte espacio con la santísima en el taller de Margarita.

“Se venden según los milagros que hace cada uno. Y ahorita dicen que Pancho Villa es el más milagroso”, continúa explicando. La artesana tarda tres días en hacer las santísimas. Un día en preparar la mezcla y poner el molde, otro en enjarrar y el tercero en pintar y acomodar la pesada figura, con la ayuda de alguien más o de algún aparato.

“Me gusta que me digan la artesana de Valadeces”.

Kilómetro 84

En el kilómetro 84 está la entrada a Guardados de Abajo, el pueblo donde vivía uno de los capos del cártel del Golfo, Gilberto García Mena, El June, antes de ser detenido y trasladado a La Palma en 2002. En su casa la policía encontró los primeros altares a la Santa Muerte que se hicieron famosos en esta región. En ese entonces el pueblo fue sitiado por militares que ahora no se ven por ningún lado durante el recorrido por La Ribereña.

Kilómetro 97

Un pequeño altar de la Santa Muerte convive con las máquinas que recarpetean la estropeada carretera de Los Guerras, en Ciudad Miguel Alemán.

En su novela La Santa Muerte, el escritor Homero Aridjis dice que alrededor del culto a la figura se dan dos fenómenos: “El de la gente que pide favores o milagros para tener trabajo, salud o comida, y el de los hombres con poder económico, político o criminal, quienes curiosamente le solicitan venganzas o muertes”.

Entrada a Nuevo Laredo

Nuevo Laredo recibe a los viajeros que llegan por carretera con una hilera de 22 oratorios de la Santa Muerte, y con cuadrillas de albañiles trabajando en nuevas capillas de dos pisos de altura. Uno tras otro los pequeños templos ofrecen una imagen imponente, saturada de catrinas vestidas de negro, rojo, azul y doradas, hechas con cemento, yeso, papel maché y cerámica. A este sitio algunos le llaman camposanto.

Frente al camposanto hay una cuadrilla de albañiles construyendo dos nuevos altares, uno de ellos de dos pisos, con cantera importada. La confección que va adquiriendo esta entrada a Nuevo Laredo, hace recordar las tumbas del panteón de Jardines del Humaya, en Culiacán, Sinaloa, donde sicarios y narcos se hacen enterrar con fastuosidad, como si fueran faraones modernos.

“No porque nosotros seamos devotos de la santa Muerte dejamos de creer en Dios. Yo también tengo altares para San Judas Tadeo y para la Virgencita. Aquí se les festeja también a ellos”, explica una de las administradoras del lugar.

“Ella es un ángel, yo siempre lo he dicho. Dios nos guía y ella nos cuida”

publicado originalmente por Diego Osorno, en los blogs de Milenio Diario